La zarigüeya cariblanca y el cedro
En un reino situado en el humedal Neuta, en el municipio de Soacha, vivía una zarigüeya blanca que se apoderaba de los territorios y madrigueras de los demás animales. No satisfecha con su dominio, quería expandir su reino aún más.
Pronto escuchó rumores sobre un lugar llamado Hacienda La Chucuita,
un sitio lleno de tesoros. Pero estos no eran oro ni joyas, sino algo más
valioso: estructuras y muebles de cedro fino, conservados en perfecto estado a
pesar de los años y las inclemencias del clima. Intrigada por aquel misterio,
decidió viajar hasta allí para descubrir el secreto que hacía tan resistentes
esas piezas, pues ese era el único tesoro que no tenía en su territorio.
Al llegar a la hacienda, quedó maravillada. Su palacio no se
comparaba en belleza, extensión ni infraestructura con aquel lugar. Decidió
tomar muestras: destrozó muebles, arrancó partes del tablado y, tras acumular
una buena cantidad, las enrolló en su cola para llevarlas a su reino. Planeaba
analizar las piezas y organizar un saqueo en el futuro.
Sin embargo, mientras regresaba al humedal, encontró un trozo de
papel con una imagen de aquellos muebles. Eran idénticos a los que había
tomado, y según el papel, estaban fabricados en cedro. Recordó entonces que su
prima, la chucha real colorada, le había hablado de un majestuoso árbol que
había encontrado cerca de las cascadas del Tequendama: un frondoso cedro.
Impulsada por la ambición, olvidó las muestras y cambió de rumbo.
Viajaría hasta las cascadas para encontrar la fuente de aquel preciado tesoro y
tomarlo para embellecer su palacio, una madriguera húmeda que había robado a
una familia de curíes y nunca había mejorado.
El viaje fue largo, pero finalmente llegó. Solo quedaba reclamar el
cedro y marcar su territorio. Se preparó para el desmantelamiento, asegurándose
de que su prima no la descubriera.
Cuando lanzó su primer zarpazo, algo cayó sobre su cabeza.
—¡Ay! —exclamó, adolorida. Era una especie de piña… de madera.
Sospechó que su prima estaba protegiendo el árbol, así que subió
hasta la copa para inspeccionar los alrededores.
—Está solo… No hay un solo animal en al menos diez metros
—murmuró.
Pensativa, pero con la ambición latente, descendió. Preparó sus
garras para astillar el tronco, pero de repente, una rama la golpeó y cayó al
suelo.
—¡Jajaja, no más, por favor! —escuchó una voz—. ¡Intentaba
dormir!
La zarigüeya se asustó. Miró a su alrededor, pero no veía a
nadie.
—¿Quién está ahí? ¡No juegues conmigo! Soy el rey del humedal Neuta
y mi prima, la chucha real colorada, reina esta zona.
Silencio. Decidió intentarlo de nuevo, pero otra piña cayó sobre su
cabeza. Al levantar la mirada, vio cómo en la copa del árbol se tallaba un
rostro en la madera.
—¿Qué haces? —preguntó el cedro.
—¡Estás vivo! ¡¿Cómo es posible?! —exclamó la zarigüeya,
sorprendida.
—Por supuesto, y me haces cosquillas —rió el cedro—. ¿Qué
deseas?
—No lo puedo creer… Si estás vivo, ¿cómo es posible que cuando me
llevé parte de tus parientes no me dijeron nada?
—¿A qué te refieres? Yo los veo a todos aquí.
—Los que tomaron forma de muebles cerca de mi reino…
—¡Jajaja! Ya sé a qué te refieres. Esos solo son restos de algunos
de mis parientes. Los cedros vivos estamos aquí, y por eso no pueden sentir ni
hablar.
La zarigüeya comenzó a llorar.
—No te preocupes —dijo el cedro con calma—. Lo más probable es que
ya habían cumplido su ciclo de vida.
—No lloro por eso… —contestó la zarigüeya—. Lloro porque vine por
cedro, y si estás con vida, difícilmente podré conseguirlo.
El cedro sonrió.
—No te preocupes. Hay partes de mí que puedo compartir contigo y te
serán de utilidad. Muchos nos maltratan o nos destruyen para obtener lo que
desean, pero no es necesario.
—¿Es en serio? —preguntó la zarigüeya, sorprendida.
—Claro —respondió, señalándole una de las piñas de madera en el
suelo—. Este fruto que produzco contiene semillas, que se esparcen al caer. La
parte sobrante puedes usarla.
La zarigüeya le contó sus ideas, y el cedro le sugirió regresar con
ayuda para que pudiera brindarle el material necesario. Después de todo, era
una causa noble.
Con un sentimiento inexplicable, más allá del egoísmo y la codicia
que siempre había sentido, la zarigüeya regresó a su reino. Al quinto día,
volvió con un grupo de súbditos.
Para su sorpresa, el cedro ya tenía preparadas varias cosas. Había
hablado con su familia y reunido piñas de madera, ramas, hojas e incluso
algunos frutos, regalo de sus amigos.
Gracias a la generosidad del cedro, el rey zarigüeya mejoró su
palacio y cada vivienda de su reino. Se convirtió en un monarca honesto y
dispuesto a ayudar a su pueblo. Además, ahora tenía un lugar donde hospedarse
cuando visitaba a su prima la reina, pues había aprendido que expandir su reino
no solo significaba conquistar territorios, sino también forjar amistades.
Moraleja: La verdadera riqueza no está en la posesión egoísta, sino
en el conocimiento, la cooperación y el respeto por la naturaleza.”
La zarigüeya comienza como un personaje ambicioso, movido por la
codicia y el deseo de expandir su reino sin importar el daño a otros. Sin
embargo, al encontrarse con el cedro, aprende que los recursos pueden
compartirse sin destruir, y que la generosidad y la sabiduría pueden
transformar no solo un reino, sino también a quienes lo habitan.
Otro mensaje importante es que “no todo lo valioso debe ser tomado
por la fuerza, sino entendido y recibido con gratitud.” La zarigüeya creía que
debía saquear para obtener lo que deseaba, pero el cedro le enseñó que hay
maneras más sostenibles y justas de alcanzar sus objetivos.
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