Susurros Desde el Abismo

Cada instante es un misterio insondable. La incertidumbre se filtra en el tiempo, volviéndolo denso, como el aire antes de una tormenta. Las preguntas, interminables, tejen una cadena de pensamientos que, en algunos casos, generan un miedo imparable. Pero William no solo enfrenta la incertidumbre: él escucha voces. 

 

Susurros débiles y distantes, como ecos atrapados en un lugar que no existe. En ocasiones, apenas un murmullo. En otras, gritos desgarradores. Se repiten, incansables, pronunciando nombres que él ha intentado olvidar. Voces que lo acusan, que le recuerdan cada una de sus atrocidades. 

 

Las personas suelen compartir relatos de sucesos extraños, experiencias fuera de lo común, y despiertan en otros una curiosidad prohibida, un deseo de explorar lo desconocido, incluso cuando este debería permanecer oculto. 

 

En el municipio de Soacha vivía William, un joven de 26 años atrapado en su propia desesperanza. Nunca valoró el sacrificio de sus padres, los despreció con cada palabra, con cada acto de rebeldía. Su familia nunca fue un refugio; era un obstáculo, una sombra de la que huía en su adolescencia. Así terminó entre pandillas, inmerso en una vida de violencia y crimen. Robó. Mintió. Y, finalmente, asesinó. 

 

Desde entonces, su conciencia lo atormentaba cada día. Reflexionó, intentó cambiar, pero se convenció de que era demasiado tarde. La paz era un lujo que nunca le pertenecería. Y las voces no lo dejaban en paz. 

 

Aquella noche, después de otro día cargado de pensamientos sombríos, William caminó sin rumbo hasta la plaza principal de Soacha. Las luces de los postes temblaban sobre el empedrado, y el viento nocturno parecía susurrar su nombre. 

 

Pero no solo el viento hablaba. 

 

-        "William…" 

 

El joven se detuvo en seco. 

 

-        "William, ¿lo recuerdas?" 

 

El aire se volvió helado, su respiración entrecortada. Sabía que era su culpa, que era la voz de alguien a quien había lastimado, pero no podía identificarla con certeza. Las voces siempre eran confusas, fragmentadas, como espectros burlándose de su memoria. 

 

Fue entonces cuando la vio. 

 

Una mujer de belleza inexplicable se encontraba bajo la tenue luz de un farol. Su mirada desprendía un fuego seductor, pero algo en sus ojos parecía contener un peligro latente. Sus cabellos ondulados caían sobre sus hombros con una perfección irreal. Su silueta, exacta y etérea, lo hizo olvidar todo. 

 

El deseo lo dominó de inmediato. No cuestionó su presencia. No dudó. Solo pensó en su propia necesidad, en llenar el vacío con su compañía. 

 

Ella se acercó lentamente, su voz melodiosa envolviendo el aire. Le pidió a William que la acompañara; necesitaba trasladarse a un lugar y no quería estar sola. William aceptó sin titubeos. Su cuerpo, sus pensamientos, todo en él respondía a ella como si estuviera bajo un hechizo. 

 

Después, la oscuridad. 

 

William despertó en un lugar desconocido, envuelto en una bruma gélida. No había salida, solo paredes de piedra desgastada por el tiempo. Su piel se tornó pálida, su cabello grisáceo, como si el polvo del olvido lo cubriera. Quiso moverse, pero sus extremidades se alargaban de manera grotesca, deformando su figura humana. 

 

En un pequeño charco de agua pudo ver su reflejo: su rostro ya no era suyo. Ojos de un rojo incandescente lo observaban desde el espejo líquido. Su boca se abrió en una carcajada involuntaria, pero el sonido murió de inmediato: sus dientes estaban podridos, su lengua se agitaba como la de un reptil intentando escapar. 

 

El terror lo consumió. Odiaba su nueva apariencia, pero lo que más odiaba era el lugar en el que estaba atrapado. Su llanto resonó en el vacío y, sin embargo, en medio del dolor, sintió aprecio por la soledad… Su única compañera, la única constante en su vida. 

 

Las voces regresaron. 

 

-        ¿Ahora lo entiendes, William?

 

-        ¿Nos escuchas, verdad?

 

-        Nada de esto es un sueño.

 

El sol comenzó a caer y la angustia lo invadió. Espinas brotaron de su cuerpo, desgarrando su piel, mientras la sangre fluía sin piedad. Su espalda se quebró con un estruendo; de ella emergieron unas alas destrozadas, carbonizadas, como si hubieran sido devoradas por el fuego. 

 

Las voces no paraban. 

 

-        Paga por lo que hiciste.

 

-        Tu vida ya no te pertenece.

 

De un lamento profundo se abrió la tierra bajo sus pies. William cayó en un abismo infinito. 

 

Y las desgracias recién comenzaban. 

 

Para recuperar su vida, debía encontrar la razón por la cual la mujer misteriosa lo había elegido. 

 

Pero William sabía la verdad. 

 

Ella era su última víctima. 

 

El precio de su condena.

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